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El azar y la necesidad (Room Tones, 2019)

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    Room Tones, 2019

    Emilio Hinojosa Carrión
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    Sonidos imaginarios de una ciudad sobreconstruida

     

    El arte, en un mundo en ruinas, se constituye como una morada habitable

    y permanente.

    Hannah Arendt

     

    Caminas en la ciudad de siempre, en la que creciste. Caminas y no necesitas ver el nombre de las calles para guiarte. Los señalamientos son los árboles, los postes de luz, las casas, las bardas, los espectaculares, los negocios, etcétera. Y es que cuando te sabes de memoria una ciudad no necesitas de un GPS y tampoco del azar.

    En la ciudad en la que caminas los edificios te son familiares, aun cuando nunca has entrado a ellos. También sabes que los sonidos de la ciudad funcionan como un mapa. Los aviones se escuchan en ciertas colonias; los tráileres pesados, junto a las avenidas grandes; la velocidad de los coches es también un indicativo; cada sonido es una coordenada: los de una escuela, una iglesia o las zonas donde las sirenas de las patrullas se escuchan más que los pájaros.

    Ahora esa ciudad ha cambiado casi sin que te des cuenta. Y ha cambiado porque ha crecido, las (supuestas) oportunidades y la centralización económica se traducen en sobrepoblación. La demolición de edificios es un ruido cotidiano, igual que el polvo, la contaminación o los camiones de mudanza. Y así, la construcción es masiva. Los sonidos son martillazos, descargas de cemento y, como eco, se escucha el sonido de un temblor pasado. El edificio que marcaba la pauta en donde debías de dar vuelta para llegar, digamos, a tu trabajo, ya no está, ahora es otro. Piensas que en un país en guerra la destrucción alcanza a los mapas imaginarios. En una ciudad destruida no hay ninguna ruta que seguir. De hecho, te preguntas si las ruinas cuentan como ciudad. ¿A qué se escucha el vacío?

    Finalmente, te detienes en la esquina donde queda uno de los edificios que no han cambiado. En tu mapa imaginario lo juntas con uno de los nuevos. Tus derivas han concluido en mutaciones. Quedan algunos edificios viejos que son tus referentes y otros nuevos que tu memoria todavía no alcanza a almacenar: todo lo mezclas. Entonces los sonidos nuevos también aparecen. El pájaro se escucha junto con los martillazos y el vacío de un edificio poco amueblado; la central de camiones se escucha junto con los pasos tranquilos de un vecindario que no le interesa todavía al capital. Se filtra el ladrido de un perro y el reventar de una llanta.

    Sabes que aquí no ha llegado la guerra. Aun así, hay algo parecido a las ruinas, pero éstas son invisibles, pues aquí todo edificio destruido queda si acaso en la memoria. Como un cadáver. Entonces te das el lujo de inventar sitios: la ficción es otra forma de habitar un mundo que se destruye cada vez que el poder financiero lo decide.

     

    Epílogo

    Los mapas son para seguirse (teniendo en cuenta que en el azar se ubica la autonomía). Sigues caminando y te das cuenta de que ya no existen huecos, todo está construido. Te enfadas y decides escalar al punto más alto de toda la ciudad, desde ahí miras y sueltas la bomba que sujetas en las manos.

    Escuchas claramente un estruendo y después todo colapsa. No queda nada, ni siquiera una ruina.

    Sofía Hinojosa

     

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